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Hablar de Abel Orozco es hablar de una sensibilidad fuera de lo común, tanto en el lienzo como en la vida cotidiana. Como artista, su obra te atrapa al instante: ese diálogo tan propio entre el surrealismo y el hiperrealismo no es solo virtuosismo técnico, es el reflejo de una mente profunda, inquieta y reflexiva que sabía mirar el mundo y transformarlo en pura emoción.
Pero lo que hacía a Abel verdaderamente irrepetible era su enorme calidad humana. Un hombre noble, cercano, de trato cálido y generoso, de los que siempre tenían una sonrisa, una buena charla y una entrega sincera para sus amigos. Su arte queda para siempre como un testimonio imborrable de su talento, pero su bondad y su luz permanecen vivas en el corazón de todos los que tuvimos la suerte de conocerle y compartir momentos a su lado -
Muy sorprendida e impresionada con la obra de Abel. Siempre me gustó el estilo surrealista (sobre todo, Dali) y veo en cada una de sus pinceladas a mis artistas favoritos.
Contemplar su obra es un VERDADERO PRIVILEGIO. -
Excelentes cuadros, muy ingeniosos.
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En un mundo obsesionado con el éxito y la validación, Abel eligió el camino más honesto, pintar por pura necesidad de expresión.
Cada pincelada cada color y cada textura fueron un acto de fé.
Sus obras nos recuerdan que el arte más valioso es aquel que se crea sin buscar nada a cambio simplemente dejando una huella imborrable. -
Me impresiona percibir a través de su obra, el impacto que tuvo que tener en él, cuando llegado a España, descubrió la tauromaquia. Se aprecia en el cuadro lo surrealista que le pareció, plasmando en él, el hilo que enlaza el cerebro del torero con el rabo del toro, como definiendo en cada uno, su órgano más básico.
No conocí mucho a Abel, pero con su pintura he aprendido que se puede conocer al artista, sin ningún tipo de influencia, a través de su obra.
Allá donde esté, ojalá este disfrutando tanto, como nosotros cuando vemos sus cuadros.
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Abel no pintaba para vender. Pintaba para entenderse.
Cada cuadro era una conversación que tenía consigo mismo y que nosotros escuchábamos a medias, desde fuera, con respeto.Sus manos olían siempre a trementina y a mate. Tenía paciencia para el óleo.
No le interesaba lo bonito. Le interesaba lo cierto. Y lo cierto, en su paleta, salía con grises sucios, con rojos que dolían, con azules que no daban paz. Pintaba como quien se arranca algo de dentro. Sin permiso, sin filtro.
Sus cuadros siguen hablando. Siguen vivos.
Y mientras haya alguien que se pare delante de uno y sienta ese puñetazo en el estómago, Abel seguirá pintando.No hizo carrera. Hizo camino.
Y los que lo vimos pintar, ahora vemos distinto.Abel, nosotros cuidaremos tu legado.

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